Hemorragia masiva

 El inspector Mínguez intuyó un lunes espeso, así que decidió deslizarse por él con la desidia justa para que el engrudo de las horas no se le pegase al cerebro. Repasó los informes que tenía pendientes y los distribuyó por la mesa, aparentó estar muy ocupado y se conectó a internet. A media mañana el comisario le llamó:

—Hay un muerto en el departamento de contabilidad de Editorial Lingua. Un tipo de mediana edad, parece muerte natural. He enviado una patrulla, no obstante pase por allí antes que el juez autorice el levantamiento del cadáver.

Mientras conducía, Mínguez pensaba que el muerto le había alegrado el día, se reprochó no sentirse mal por ello, pero con los años y los cadáveres se enfrentaba a la muerte con la frialdad del mecánico que mira la rueda pinchada.

Le esperaban dos policías de uniforme y el jefe de personal de la editorial.

—Aquí lo tiene.

Fulminado se dijo Mínguez

Los brazos de la silla habían mantenido el cuerpo sentado, la cabeza apoyada sobre el hombro derecho con el escaso pelo, peinado sobre la calva, oscilando tieso por efecto de la corriente del aire acondicionado y el exceso de fijador. Le colgaba la lengua y tenía los ojos tan abiertos que parecía que le hubiesen arrancado los párpados. De los oídos y la nariz había manado sangre formando un charco enorme, ahora soldificado, bajo la silla. El café que bebía se le había derramado por la camisa. No llevaba zapatos y tenía el pantalón desabrochado, el abdomen rebosando por la abertura, con cercos secos de orina en la cara interna de los muslos. Las ventanas abiertas no lograban disipar el olor a muerte y a las heces que el esfínter había liberado. 

—¿Qué sabemos? —El inspector miró a sus compañeros.

—Se quedó el viernes para cerrar el mes. Según el médico debió morir esa misma tarde entre las seis y las nueve. Hemorragia masiva causada por un accidente vascular que concretará la autopsia.

Mínguez apartó su atención del cadáver. Sobre el escritorio se amontonaban carpetas abiertas y cuatro vasos de plástico con restos de café. Revisó los cajones, encontró documentos y material de oficina, en uno de ellos había un móvil sin llamadas perdidas, nadie le había echado de menos, algún objeto personal y varias cajas de medicamentos, leyó los prospectos: un antihipertensivo, un antiarrítmico y un anticoagulante. Detrás de la mesa, anclados a la pared dos estantes, sobre ellos un equipo de alta fidelidad, gran cantidad de cd’s la mayoría de Serrat y una cafetera Nespresso. Manipuló la cafetera, abrió el depósito de las cápsulas consumidas y dedicó varios minutos a examinarlas una por una. Hizo lo mismo con las que estaban por usar.

—¿Qué me puede decir de él? —Mínguez se dirigió al jefe de personal.

—No le conocía mucho. Era el jefe de contabilidad. Veinte años en la empresa. Un tipo gris, muy reservado, obsesionado con Serrat.

El inspector miró el equipo de música. Los altavoces eran enormes. Luego observó la disposición del resto de muebles de la sala. Había cuatro mesas más distribuidas en dos filas y con la misma orientación que la del muerto. Se sentó en cada una de ellas. Esperaba encontrar algo, no sabía el que.

—¿Quién trabaja en esta?

El jefe de personal consultó unos papeles:

—Alejandro Codinas, un chaval muy majo.

—¿Tiene su dirección?

—Aquí tiene.

Mínguez llamó al comisario:

—Jefe, pídale al juez una orden de registro para el domicilio que le dictaré.

—¿Qué esperas que encontremos?

—Si no me equivoco, jeringas con agujas de calibre medio y matarratas.

Mínguez ordenó que nadie entrara, pidió el periódico, un cortado y se sentó a esperar.

Al cabo de una hora sonó el móvil.

—Joder Mínguez —era el comisario— tenemos las jeringas y un bote de veneno para roedores, el tio ha cantado en cuanto nos ha visto. Se ve que la víctima machacaba al personal día si día también con discos de Serrat. Estaba hasta los huevos, así que decidió aliñarle el café con matarratas con la intención de que enfermase y les dejase en paz una temporada.

—Pues se le ha ido la mano. El muerto se medicaba con un anticoagulante, supongo que el veneno potenció sus efectos y le ha enviado al otro barrio.

—¿Qué le ha hecho sospechar de él?

—Algunas cápsulas tenían un orificio diminuto, he pensado en el veneno y he buscado algo que delatase al asesino. En la mesa de Codinas había varios juego de tapones para los oídos y en el fondo de un cajón escrito con rotulador“odio el puto Serrat”

—Que razón más estúpida para palmar.

Mínguez no dijo nada. El comisario colgó y Mínguez pensó que era una razón tan estúpida como cualquier otra. De todas formas no le alababa el gusto al muerto, él también odiaba a Serrat.

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