Doctor Judas

Barcelona 17-12-08 cuatro y media de la tarde.

—Buenas tardes. Soy el inspector Mínguez —¿Dónde está el cadáver?—

El bedel acompañó al policía por los pasillos de la vieja facultad hasta el departamento de astrofísica. En la puerta dos guardias de seguridad impedían el acceso de alumnos y profesores.

El departamento era una pieza de 200 m2 atestada de mesas y aparatos que Mínguez supuso de última tecnología. Se sintió intimidado por el lugar, distinto a los sitios donde habitualmente aparecían los muertos de los que se encargaba. El laboratorio de éste ocupaba el fondo de la sala.

— Por aquí por favor. Soy el rector Prats.

— Hola. Inspector Mínguez.

El rector quiso hablar pero Mínguez se lo impidió. Prefería concentrarse en el escenario.

No había ventanas. Instrumentos y máquinas se acumulaban sin orden aparente. En una estantería se apilaban columnas de cds junto a un aparato de música. Había libros por el suelo. La única zona que escapaba del caos eran los 10 m2 alrededor del difunto. Sobre ese espacio, anclada al techo, colgaba una esfera de vidrio que le recordó a las que giraban en las discotecas de los 80.

El cadáver estaba sentado, erguido, con las palmas de las manos sobre los muslos. La barbilla apoyada en el pecho. Un cinturón de cuero a la altura de las costillas le sujetaba a la silla. Llamó su atención la sudadera de un grupo musical que no identificó y la ropa de abrigo, excesiva para la temperatura de la habitación. Sobre el anorak brillaban gotas que le parecieron de agua. Mínguez se puso unos guantes de látex y tiró de la cabeza hacia atrás. Envidió la melena rizada, pero no la suerte de su propietario, alguien le había cortado la garganta. Ni rastro de sangre en el suelo.

— Muy bien señor rector ¿Cómo se llamaba?

— José Lucas. Los alumnos le conocían como doctor Judas.

—¿Doctor Judas? ¿Por qué?

— Por su afición a una banda de rock duro. Creo que se llama Judas Priest. Supongo que se ha fijado en su apariencia, poco acorde con la que debería tener un catedrático de 40 años.

— Si me he fijado —Mínguez fue seco, no le gustó el tono, no simpatizaba con los científicos, le recordaban a los curas— ¿Quién ha encontrado el cuerpo?

—Su ayudante. Ha sufrido una crisis de ansiedad. El profesor se ha encerrado aquí sobre las diez de la mañana. Ha pedido que no le molestaran. Suele salir a comer a las dos. A las dos y media y al no responder a las llamadas ha forzado la puerta. Estaba cerrada por dentro.

—¿En qué trabajaba?

— El Doctor Lucas es, era, una eminencia en su campo. Era también muy reacio a dar pistas sobre sus investigaciones. Creo que intentaba demostrar que si fuese posible alterar lo suficiente la dimensión tiempo aplicando la energía necesaria, se obtendría un bucle temporal cuyos extremos estarían ocupados por instantes separados entre sí desde horas, hasta cientos de años.

Mínguez se rascó la cabeza. ¿Qué quiere decir?

—Que, según Lucas, es factible acercar lo suficiente dos momentos de forma que se podría transitar de uno a otro. En otras palabras que es posible viajar en el tiempo.

—¿Y la esfera de cristal del techo?

— Creo que está relacionada con la hipótesis del profesor.

Londres 9 de noviembre 1888. 3 de la madrugada.

La niebla era densa. El asesino esperó a que la prostituta acabara el cuarto servicio de la noche. Cuando el cliente se marchó se acercó por detrás, la tapó la boca con la mano izquierda y la degolló. De izquierda a derecha, en un solo gesto.

Se materializó a pocos metros de la escena. Primero llegaron sus sentidos. Percibió el frío, notó la humedad de la noche, oyó las voces inglesas de los que se divertían en los prostíbulos. Sintió el éxito. Vio como un hombre despojaba de sus entrañas a una mujer. Intentó moverse pero los músculos no le respondieron. La laxitud de su cuerpo le confirmó que algo no había funcionado.

El asesino le vio. Sorprendido por su presencia pensó en huir. Fue un segundo. Con el bisturí en la mano derecha se dirigió hacia él.

Incapaz de moverse confió en que se activase el protocolo de seguridad y la máquina le hiciese regresar. No sucedió. El asesino le tapó la boca con la mano izquierda, tiró de su cabeza hacia atrás y le seccionó la garganta. Mientras se desangraba pensó que su camiseta de Judas, la de Jack the Ripper, había dejado de darle suerte.

El sistema de retorno funcionó y la esfera le devolvió al instante de origen. Sin una gota de sangre.

Barcelona 22 de diciembre de 2008

— Inspector Mínguez?: Tenemos el informe.

— Sorpréndame

— La herida ha sido hecha con un tipo de bisturí que se dejó de utilizar hace cincuenta años. El agua del anorak presenta residuos de combustibles fósiles en cantidades superiores a las permitidas por la legislación actual. Según la autopsia, los órganos internos del cadáver llevan muertos más de cien años.

—¿Algo más?

—¿Le parece poco?

Mínguez no se sorprendió.

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2 Responses to Doctor Judas

  1. Francisco says:

    ostras, me ha encantado éste del inspector mínguez !
    merci, Pedro, recuerda avisar cuando cuelgues más post-relatos !

  2. Lluis says:

    Buena aproximación a la novela policiaco-ficción.

    Creo vislumbrar un ligero parecido al Inspector Torrente?

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