El árbol

Desde aquí veo la plaza. En el centro hay un árbol. Por lo que recuerdo de lo que aprendí en el colegio puede que sea un pino. A veces querría ser un árbol. Longevo. Por siempre inmóvil. Indiferente al dolor y a la soledad. Me gustaría ver como las cosas pasan a mi alrededor y que mi única preocupación fuese captar agua por mis raíces y hacer la función clorofílica.

Junto al árbol se detiene el italiano que vive en el portal de enfrente. Pasea un bulldog francés al que me gustaría disparar. Vive con otro hombre, un pakistaní flaco con bigote, pelo muy negro y brillante y con una chica inglesa perfectamente depilada o púbicolampiña que suele vestir pantalones muy ajustados. El italiano se cree guapo, no lo es, pero la seguridad que tiene en si mismo ha hecho que para todo el barrio lo sea. El perro mea. El italiano lo arrastra sin dejar que termine y anda unos metros hasta donde Juan vende lotería. El perro deja un rastro de orina. En seguida se seca, hace calor. Juan es ciego, eso dice, pero yo creo que algo ve, le he visto seguir con la mirada a la chica inglesa cuando pasa con sus pantalones ajustados. Es un buen tipo. Yo a veces le compro lotería. Alguien le contó que conozco a Angela, la chica sorda de la farmacia. Me dijo que le gustaba su forma de expresarse y que si podía presentársela. No tuve inconveniente. Días después me explicó que tenía un plan para conquistarla. Había pensado pedirle que le enseñase a leer los labios,  cuando ella le dijese que era ciego,  le replicaría que se refería a los labios de abajo. Le hice desistir, es buen tipo pero poco sutil. Luis, el dueño de la farmacia, es muy buena persona, no tuvo ningún problema en contratar a Angela a pesar de su sordera. Tiene ideas geniales que nunca funcionan, como aquella de vender tiritas ensangrentadas o con dibujos de heridas abiertas. Se gastó mucho dinero en fabricarlas y tuvo que tirarlas, la gente no las quiso ni regaladas. Luis tiene dos hermanos, Sergio que tiene un bar frente a la farmacia y Jaime que es paralítico y se pasa el día a la sombra del árbol, en su silla de ruedas,  trapicheando con hachís. El italiano, después de comprar lotería, camina como si cada paso que da fuese una obra de arte y se para al lado de Jaime, el bulldog aprovecha para cagar bajo su silla. En el bar de Sergio por la noche se juntan taxistas, basureros y policías municipales a jugarse el sueldo en timbas de póker. Yo también he jugado y he perdido. Luis y Jaime tienen en común el negocio de las drogas, cada uno en su estilo. Jaime y Sergio comparten la afición al suicidio. A Jaime le encontró Angela bajo el pino con una bolsa de plástico del Caprabo en la cabeza y a punto de ahogarse en su propio vómito. Dijo que no recordaba nada, todos le creímos. Es posible que se pasase con la grifa, no vende nada sin probarlo. Sergio colgó una mañana en la persiana del bar un cartel que ponía cerrado por defunción en varios idiomas y a continuación se dirigió al metro para tirarse. Lo evitó un acordeonista búlgaro. Nunca explicó las razones que le empujaron a hacerlo. Sospecho que la chica inglesa le rechazó. Desde el día del suicidio frustrado el chino del wok cree que aquí la gente anuncia su muerte y pasea por el barrio, en una bici más diminuta que él, leyendo los carteles de las paredes como si fuesen esquelas. La mejor clienta del wok es una chica obesa que escribe poesía. Creo que es poeta porque es obesa, aunque no sé en que basar esta afirmación. De cualquier forma, ni la poesía ni la dieta china contribuyen a que su figura mejore. Un día leyó unos poemas en el bar de Sergio. Casi nadie entendió nada pero todos la aplaudimos. El pakistaní se emocionó y lloró. La mayoría nos emborrachamos. Recuerdo que la chica salió del bar con el pakistaní delgado colgado de su enorme brazo. El tenía los ojos tan brillantes como su pelo.

El italiano ha terminado de comprar lo que sea a Jaime, mira hacia aquí, me señala. También lo hace Jaime. Juan corre hacia ellos como si pudiese ver. Luis sale de la farmacia con Angela, veo que habla por el móvil. En seguida llega una ambulancia, es extraño, no he oído la sirena. Me gustaría levantarme, pero no puedo. Ahora todos están aquí, incluido el bulldog francés que se mea en mis pies. Alguien me zarandea, es uno de los que han bajado de la ambulancia. Parece Pinochet de joven, repeinado, el mentón marcado y bigote de fascista. Dice algo, pero no le oigo. Suerte que me apropié de la estrategia de Juan y Angela me enseñó a leer los labios: embolia, creo que dice el dictador.

Puede que ahora sea un árbol, puede que desde este momento mi única preocupación sea observar lo que sucede a mi alrededor y captar agua. Puede que a partir de ahora permanezca inmóvil, indiferente al dolor y a la soledad. Puede.

El perro vuelve a orinarme los pies, debí dispararle hace tiempo.

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One Response to El árbol

  1. Lluis says:

    Bien Pedro,

    No està nada mal, muy buena conducción hacia un final más que correcto. Me ha gustado.

    Algun personajillo me suena un poquitillo….

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