El prisionero

La pianista concluye la pieza y camina hasta la barra. Se sienta a su lado y pide un gintonic. El camarero, ceremonioso, lo prepara con gestos quirúrgicos y él sigue el trayecto del vaso hasta las manos de la pianista. Ahora lo entiende, a eso se debe la extraña impresión de imperfección que trasmiten sus melodías: le falta el meñique de la mano derecha. Eso le estimula. La pianista es una mujer muy guapa y su mutilación la empequeñece, la pone a su altura, como si su carencia la hiciese más vulnerable o más accesible. Da un trago a su bebida y se gira hacia ella, antes de que abra la boca, la pianista le espeta, dulce como su música, sin mirarle: Ni te molestes. Agacha la cabeza, ella apura el gintonic, se despide del camarero y se va. La ve alejarse en el espejo de la pared. Entre las botellas también se ve a él. Quizás sea cierto lo que le dicen, que se parece a Clint Eastwood, aunque está calvo y no pasa del metro setenta. Bebe, se pone de perfil. El espejo, generoso, le devuelve un rasgo, la prueba definitiva: tienen el mismo mentón de tipo duro, la clase de mentón que atrae a las mujeres. Bebe de nuevo para celebrarlo y se lía, no sabe si Eastwood es el actor o el personaje, vuelve a beber y lo ve claro, el actor es Harry Callahan. Mira su reloj, la una, le queda tiempo.
Un cantante ha sustituido a la pianista, a pesar de no tener una gran voz ni tocar  bien la guitarra, ejerce sobre el auditorio una atracción casi hipnótica. También sobre él. Le recuerda a un amigo músico que tuvo,  aunque al contrario que este cantaba y tocaba de forma excepcional. Se vio obligado a abandonar la música, le sobrevino una halitosis terrible que provocaba que, en sus conciertos, el público de las primeras filas abandonara la sala mareado. Lo último que sabe de él es que entra y sale con regularidad del psiquiátrico. Bebe en su honor.
A su lado se apoya en la barra una mujer rubia aproximadamente de su edad. Tiene un ligero parecido con una novia que tuvo en la facultad. La dejó después de conseguir acostarse con ella. En lugar de gemir y clavarle las uñas gritaba: ¡ay dios mío! constantemente. Eso hacía que le viniese a la cabeza la imagen del Papa, entonces Juan Pablo II , totus tuus, y le impedía concentrarse. Especula con lo que podría haber sido su vida con ella. Quizás tendrían hijos, quizás ahora no estaría atrapado. Bebe, esquiva como puede sus pensamientos y se dispone a abordarla. Planea la mejor forma de hacerlo, no quiere precipitarse como con la pianista. Contempla la posibilidad de hacerse pasar por cura en honor a aquella novia y cuando por fin se decide un hombre joven, alto y con pelo se acerca a la rubia, la besa en el cuello y le acaricia los pechos. Ella sonríe, cierra los ojos, echa la cabeza hacia atrás y acompaña la mano del joven hasta su vientre mientras él le dice algo al oído. Bebe y se caga en la juventud que se le escapó.
Son las dos, le queda una hora. Una hora para que ocurra algo, algo que haga que su vida cambie sin que tenga que cambiarla él. Aunque solo sea liarse con otra. Algo.
El camarero le sirve otra copa. Le mira y le compadece. El confunde la compasión de la mirada con complicidad y sonríe, el camarero también sonríe y a él esa sonrisa le recuerda la de Miguelín. Miguelín era un chico de Madrid cinco o seis años mayor que llevaba unas enormes gafas metálicas. Pasaban juntos el mes de julio en el pueblo cuando todavía no habían llegado otros niños de su edad. A pesar de que era más pequeño, Miguelín pasaba el día con él, jugando, cazando pájaros o pescando ranas. En agosto él se iba con los de su edad y se olvidaba por completo de Miguelín, pequeña traición infantil. Miguelín siempre le sonreía cuando le veía. Un año empezó a trabajar de repartidor y no vino en julio. En agosto se mató. Vio la noticia en el telediario, apenas treinta segundos de crónica. La furgoneta encastrada en la mediana. Creyó distinguir entre los hierros la montura de unas enormes gafas metálicas. Brinda por él.
Las tres. El cantante recoge sus cosas. El camarero enciende algunas luces. Comprende que las posibilidades se han agotado y se despide. Debe regresar.
Ha llovido. Espera un taxi. La luna de un escaparate  escupe su imagen distorsionada por las gotas de agua. Es un reflejo grotesco. Bajito, calvo, con una gabardina que le llega a los pies y que le empequeñece aún más. El solo ve el mentón que vuelve locas a las mujeres. Consigue parar un taxi. El taxista le advierte de que si vomita le echará a patadas.
En la puerta de casa busca las llaves, es un prisionero con las llaves de su prisión. Se lava los dientes. Mantiene el colutorio en la boca durante cinco minutos para arrastrar el sabor del alcohol. Avanza por el pasillo, pasa frente a puertas de habitaciones de niños que nunca serán ocupadas. Se pone el pijama y antes de meterse en la cama se queda mirando a su mujer levemente iluminada por el resplandor verde del despertador digital. Se acerca para besarla , entonces, sin saber de donde proceden la fuerza y la voluntad, la agarra por el cuello y aprieta, los pulgares en la garganta, oye la tráquea esforzándose en llevar aire a los pulmones. Un eructo le devuelve el sabor del bourbon. Y mientras aprieta se siente bien. Siente que es Harry Callahan haciendo justicia, y ve como Miguelín le sonríe y le aplaude como cuando lograba pescar una rana grande, y se ve follándose a la pianista hasta que la desmaya de placer y después machaca a ostias al tipo joven que metía mano a la rubia en el bar mientras su amigo el cantante le dedica una canción: totus tuus, totus tuus. Empieza a ser libre. Su mujer gime, se despierta, pasa del sueño a la vigilia en un instante. Le busca el pene bajo el pijama y le masturba sin dejar de mirarle a los ojos, disminuye la presión en el cuello. Eyacula. No tienes cojones calzonazos, le dice y de un manotazo le aparta las manos. Le empuja y se tapa con las sábana. El permanece inmóvil un momento mirando la hora en el despertador. Se mete en la cama, el semen, escaso, le moja las pantorrillas. Se acurruca en su lado hecho un ovillo, solo, como un boxeador noqueado en su rincón sin segundos que le restañen las heridas. Oye a su mujer roncar con suavidad. Llora. La sensación de libertad queda lejos. A la pianista se la está follando otro. Miguelín le reprocha que pasara de él en agosto. El cantante apesta. Solo piensa en escapar, hoy ha estado apunto de hacerlo. Tiene que conseguirlo, tiene que pensar. Se le ocurre que volverá al bar, como todos los miércoles, a esperar que suceda algo en su vida que haga que cambie sin que tenga que cambiarla él.

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One Response to El prisionero

  1. oriol says:

    Boníssim! He rigut molt.

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