La novia

¿Qué puede hacer un hombre cuando la mujer a la que pide matrimonio le traiciona? Emborracharse es quizás  la respuesta instintiva, si se acaba vomitando es posible eliminar la bilis acumulada;  escribir un tango cuando se poseen conocimientos musicales es una venganza que perdurará siempre que la canción tenga éxito. Seguro que hay más opciones, tantas como traiciones, pero quizás una de las más estúpidas es la que eligió Johnnie Walker, un chaval pecoso de un pueblo del sur de Escocia: se alistó. Hay que tener valor, pero también ser rematadamente tonto para hacerlo por unos cuernos de mierda.

La guerra es dura pero lo es más en la trinchera. El cuerpo se debilita por la escasez de las raciones, se pierde la noción del tiempo porque la guerra no entiende de días y de noches y el enemigo no descansa y cuando lo hace  es el ejército propio el que no da tregua. Los únicos momentos en los que no se oyen disparos son los que se anega todo por efecto de la lluvia, entonces los soldados de ambos bandos se dedican a evacuar  el agua que la tierra no es capaz de filtrar, el silencio es peor que el sonido del combate,  permite a los soldados pensar. Los hombres acaban viviendo por pura inercia, algunos agarrados a la ilusión de regresar a casa, otros a la espera del siguiente cigarrillo o el próximo trago.  Johnnie no pertenece a ninguno de los dos grupos, a él le empuja un mezcla de despecho y  anhelo.  Anhela  que algún día llegue una carta  que contenga unas frases que soliciten su perdón y le pidan que regrese.

Hace unas semanas Johnnie sacó a uno de los sanitarios de la trinchera antes de que un mortero impactase en la zona en la que estaban y la dejase convertida en una fosa común. Como agradecimiento, desde entonces, el sanitario le proporciona alguna dosis de morfina de las que no suministra a los heridos que, según su criterio, no necesitan dada su cercanía a la otra vida.

Johnnie reserva la morfina para las guardias, le ayuda a pasar las horas, su cuerpo se relaja, la pena que le acompaña se dulcifica y por momentos cree estar en su pueblo, cree que su novia no le ha traicionado y que se han casado y tienen hijos. Después durante horas su voz es un tartamudeo pastoso y su puntería  un desastre.

Esta noche se ha inyectado dos dosis, a medida que consume los efectos son menores y más cortos. La  morfina le acuna y le separa de la realidad. El cerebro, laminado por la tristeza, le hace   revivir una boda que no sucedió. Los árboles del bosque se iluminan de forma intermitente por el resplandor de las bombas, a él  le parecen sus invitados que, de pie,  esperan a la novia. Confunde las explosiones con  música de órgano. Ella resplandece, blanca y bella, avanza entre los invitados y  se dirige hacia él, la espera, la ha esperado desde siempre. Ya llega.

El obús silba al avanzar, brilla bajo el fuego enemigo, tarda unos segundos  en recorrer cincuenta metros de árboles. Le alcanza de lleno.

Johnnie vive lo suficiente para darse cuenta que alguien, seguramente uno de los invitados, se acerca y le roba las botas. Las botas del día de su boda.

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