Eva

Las putas de lujo no sueñan con hombres  que  follan,  lo hacen con tipos que percuten con cadencia perfecta  y cierta brusquedad,  tienen cinturas de acero y sus lumbares son máquinas que describen movimientos de recorrido tan amplio que, a veces, su  siguiente embestida, queda suspendida por unos instantes, creando el efecto, angustioso pero fugaz, que no se producirá. Los hombres maduros sueñan con putas de lujo que parecen niñas,  sueñan con follárselas con el mismo vigor con el que lo hacen los tipos con los que ellas sueñan.

A Vega le gustaría empezar un relato con estas frases, pero cree que la idea la ha leído antes en algún sitio. No le importa  que  le acusen de plagio, puede recurrir al argumento de la transferencia intelectual o inventarse cualquier otra estupidez, pero recuerda a colegas de profesión defendiendo su trabajo  frente a inútiles incapaces de escribir una frase con un mínimo de sentido y no está dispuesto a padecerlo. Desecha la idea. Trata de encender un cigarro pero llueve y acaba mojándolo, deshace el pitillo con los dedos y tira el filtro al suelo.

Busca un bar donde guarecerse pero no hay ninguno cerca,  ve un supermercado a unos metros y decide comprar algo. Hace  tiempo que no entra en un supermercado, ahora visita más la farmacia, el tramadol le hace menos dependiente de la ginebra. Pasea por los pasillos y mira las estanterías, le sorprende la variedad de presentaciones que pueden existir de un mismo producto. Se detiene ante el lineal de cosmética para hombre y compra espuma de afeitar. En el pequeño espejo de un probador de gafas para presbicia descubre unas arrugas que no sabía que existían, vuelve a la sección masculina a por una crema antiedad que sabe que utilizará una o dos semanas. La  cajera se llama Marta,   Vega piensa en el salario de Marta y lo que supone para su vida, se entristece. Detrás de él hay una mujer joven, alta y rubia, tiene los ojos claros y probablemente está sufriendo un leve brote de rosácea en las mejillas que la hace parecer  más hermosa. Con total seguridad  es nórdica o eslava, piensa. Ha comprado una botella de vino blanco, deduce que tiene una cita, le gustaría estar en el lugar del afortunado. Entonces Vega, por un momento, pierde la noción del tiempo y de la situación, probablemente a causa del tramadol y la desinhibición que le proporciona. Se queda mirando, fascinado,  a la chica nórdica hasta el punto que su rosácea se intensifica al sentirse observada. La cajera  le avisa “por favor señor”.

No deja de llover. Vega camina pegado a la pared,  confía que la gente que lleva paraguas le ceda la parte más cercana a los edificios, tiene los pies empapados y los pantalones mojados casi hasta las rodillas. Piensa en Marta  y en la chica rubia, le duele por igual la precariedad de una y la belleza de la otra.  Entonces dos varillas de un paraguas transparente impactan en su pecho.

―Lo siento

Ha tropezado con una mujer mucho más baja que él. Se le ha caído la bolsa, la crema antiarrugas  ha ido a parar a un charco. La mujer vuelve a disculparse y se agacha a la vez que él, sus caras se quedan a un palmo y ella le reconoce: Hola Alberto.

Vega se incorpora con lentitud, pretende ganar algún segundo, mientras,  su memoria, asocia la cara a un nombre y todo lo relacionado con ella desborda su pensamiento, le empieza a doler la cabeza y nota que el estómago se le cierra. Una vez erguido se apoya en la pared, incapaz de mirarla, busca un cigarro que acaba mojado y que le llena el abrigo de hebras de tabaco. Se concentra y por fin logra recobrar el control.

Eva. Delicada Eva.

Han pasado cinco años y está igual, quizás más delgada, no es capaz de apreciarlo con claridad bajo su abrigo rojo. Lleva el pelo más corto, puede que sea eso. Tiene los mismos ojos de niña, su rostro conserva aquel ligero desnivel entre las dos comisuras de los labios que tanta gracia le hacía  y que ella siempre negaba que tuviese.  Vega piensa ahora en si mismo, recuerda las arrugas que se ha descubierto hace unos minutos, disimuladamente se lleva una mano al estómago y confirma que su barriga sigue allí, después se toca el pelo mojado y lamenta no haber seguido los consejos de su dermatólogo. Ella sonríe, Vega comprende que, como siempre,  sabe lo que está pensando y  se siente, como entonces, a su merced.

―Veo que sigues siendo igual de tonto. Nunca me importó que fueses más mayor, ni que te sobrase algún quilo.

Parece que va a seguir hablando pero se detiene, mira su reloj. Ahora busca con la mirada detrás de él, como si lo que va a decir estuviese escrito en la pared, o como si estuviese decidiendo si vale la pena decirlo.

―¿Cómo estás?

Pero antes de que pueda contestar Eva vuelve a preguntar, su voz se hace más dura y asoma en ella una pizca de melancolía.

―¿Por qué no me besaste aquella tarde? ¿Por qué te fuiste de la editorial sin despedirte? Te llamé y no contestaste, nunca respondiste a mis mensajes.

Entonces a Vega le acorrala el dolor. Le gustaría explicarle la verdad, porque cree que si  lo hace, el dolor desparecerá. Le gustaría decirle que ella fue para él un espejo,  un espejo que le devolvía la imagen de un hombre que no quería ser el reflejo que veía: un tipo viejo y sobrepasado por las circunstancias. Le gustaría contarle que la quiso amar, pero que no supo como hacerlo y que no encontró el valor  para decírselo. Le querría decir que nunca se ha arrepentido tanto de algo como de no abrazarla y no besarla la tarde en que se quedaron solos.  Le diría que por eso se marchó e intentó olvidarla. En lugar de eso recurre a su lista de excusas nada comprometedoras y se decide por la primera de ellas.

―Ya me conoces.

―Sí, ya te conozco, mucha habilidad para despertar y mantener mi interés y ninguna para concretar nada. Embaucador. Casi te había olvidado y el día que murió Chris Cornell me enviaste un ramo de flores.

Cierto. Chris Cornell, por el que Eva sentía una mezcla de pasión y veneración, era el vocalista de un grupo grunge que había muerto un par de años antes. Ese día Vega, incapaz de deshacerse de su recuerdo y con la esperanza de que ella respondiese, le envió unas flores y una tarjeta con unas líneas diciéndole lo mucho que lo sentía.

―No sé muy bien porque lo hice.

―Ya. Pues me dolió. Me dolió mucho.

Entonces Vega siente la necesidad de recuperar el tiempo, quiere abrazarla y lo intenta. Ella da un paso atrás, le mira, mira su reloj y suspira.

―Tengo que ir a recoger a mi hijo al colegio. ¿Aún conservas mi número? ― él asiente― Llámame esta noche para vernos mañana. Hasta luego, idiota.

Vega se viste con el único traje que encuentra planchado en el armario, desde que su mujer le abandonó nadie le plancha los trajes.  El pantalón le queda muy ajustado,  cree que con la americana lo disimula. Intenta conseguir un aspecto desenfadado y decide no peinarse, tampoco se afeita. Prescinde del tramadol.

No llueve. El bar en el que ha quedado con Eva tiene la terraza en un pequeño paseo, ocupa la única mesa que queda libre. Hace tiempo que no se siente tan bien. Pide un agua y fuma. Mientras espera ve pasar a la  gente, reconoce a Marta, la cajera del supermercado, empuja una carrito con un niño, parece muy feliz. Hace casi una hora que espera, quiere llamarla, se da cuenta que ha olvidado el móvil. Pide una ginebra y lee el periódico, no puede concentrarse. Al cabo de una hora más entiende que Eva ha decidido dejar correr el asunto, no se lo reprocha. Vega paga, aguarda unos minutos en el centro del paseo, mira arriba y abajo. Comienza a andar, está desorientado. “Estúpido, estúpido, fui un estúpido entonces”, se repite, y el dolor le abrasa como el día que se fue sin despedirse, como el día que escuchó sus mensajes y estuvo a punto de devolverle la llamada, como todos los días en los que fue consciente que nunca conseguiría olvidarla. Necesita beber.

En la barra hay mujeres, una de ellas es la chica rubia con rosácea que vió comprando una botella de vino blanco. Vega comprueba que le queda dinero y decide acostarse con ella. Antes apura su tercera ginebra y entra en el baño, vacía una cápsula  de tramadol, deshace un comprimido de viagra y aspira la mezcla. La cara le arde, los pulmones parece que le estallen, se orina encima y se desmaya.

No sabe quien le ha metido en el taxi, ni como el chófer ha tolerado que lo subiesen con el olor que desprende, comprueba su cartera y lo entiende. Ve sonreir al taxista en el retrovisor.

En casa se lanza sobre el móvil. Hay dos mensajes “llegaré una hora tarde, por favor Alberto no huyas de nuevo”, el segundo: “no estás, no importa, quizás sea mejor así, quizás nos volvamos a encontrar”.

Vega llora, se mete en la cama apestando a orina y ginebra. Intenta dormir para soñar con Eva, pero solo logra hacerlo con putas de lujo que parecen niñas con las mejillas encendidas por la rosácea.

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