Uno de ellos

Fui consciente de mi existencia hace miles de años en un campo de batalla de Europa Central. Los soldados luchaban desde el amanecer. Los que no yacían malheridos o muertos atacaban y se defendían exhaustos por el peso de las armas y las horas. Los cadáveres de hombres y animales dificultaban cualquier avance. La lucha había perdido el sentido táctico y grupos desperdigados se batían casi sin reconocerse ajenos a las órdenes de sus superiores. Yo desde arriba, salpicado de sangre y barro, contemplaba la carnicería incapaz de entender los motivos que movían a aquellos seres a matarse.
Asistí durante años a batallas similares en otros lugares, entre otros hombres. Vi aniquilarse con saña por razones desconocidas o incomprensibles para los que empuñaban las armas.
Fui testigo de asesinatos, traiciones, crímenes entre hermanos. Vi a ejércitos arrasar tierras y someter a sus propietarios. Presencié las torturas más viles ejercidas sobre inocentes en nombre de ideas y credos que no perduraron. Nunca supe el porqué.
Mi naturaleza me imposibilita para entender lo que empuja al hombre a dañar a su hermano. Soy indiferente al dolor del agredido y a la impotencia del humillado, no comprendo las lágrimas, ni el hielo en la mirada del poderoso.
Me he preguntado qué sentido tiene mi presencia en el mundo y qué o quién ha decidido que sea espectador obligado del horror. Desconozco la respuesta.
Lo que se es que mis plumas son plateadas y que mis alas no me permiten volar. Mis únicas certezas son que he permanecido inmóvil y mudo durante siglos, y que hay otros como yo. Lo se porque los he visto.
Los he visto bordados en los estandartes de ejércitos enemigos, acuñados en las monedas que pagaron traiciones, sobre anillos en los dedos de los poderosos, los he visto forjados en la empuñadura de las espadas y en la culata de las pistolas. He visto su silueta pintada en el fuselaje de aviones que bombardearon ciudades.
Los veo tatuados en los antebrazos de soldados, impresos en billetes, erguidos sobre el capó de algunos automóviles, en logotipos de bancos y corporaciones.
Soy uno de ellos y se que me quedan muchas atrocidades por contemplar.

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