El hombre frente al tsunami

La madre de Nicomedes Jugo segaba desde las seis de la mañana. El sol estaba alto y el sudor le empapaba el pelo bajo el sombrero de paja. El vientre de casi siete meses no le impedía seguir el ritmo de los otros miembros de la familia. A ratos cantaba y su voz se enredaba en el chillido agudo de los grillos y en el zumbido del corte de la hoz al seccionar las espigas de centeno. Era el día de San Pedro de 1951.

A mediodía el padre de Nicomedes, cansado, se incorporó para tonificar los músculos de la espalda, midió el trabajo hecho, calculó el que restaba, miró al cielo y decidió que era hora de comer. Con un gesto ordenó a su mujer que preparara la comida y los demás entendieron que debían terminar el surco en el que cada uno trabajaba. La madre de Nicomedes caminó sobre los terrones secos y los tallos de cereal cortados hasta el borde del campo. Llegó a la encina que hacía de linde con la tierra contigua, se secó el sudor de la frente, puso las manos sobre su vientre y miró a sus hijos mayores que intentaban mantener la cadencia de trabajo de su marido compitiendo entre ellos. Extendió una manta de pastor bajo el árbol y dispuso sobre ella la pequeña olla con sopas de ajo y tocino rancio, y el botijo de barro blanco. Se sentó a esperar.

Entonces Dios, por casualidad, desde su trono, volvió la vista hacia la encina, observó a la madre de Nicomedes, hundió sus dedos largos perfectos en sus cabellos blancos eternos, jugó con un rizo, cerró los ojos un momento y decidió que el tiempo de Nicomedes Jugo debía comenzar.

El saco amniótico reventó a la vez que un latigazo azotaba el útero de la madre de Nicomedes. La incredulidad se adueñó de ella, fue un instante, enseguida entendió que había llegado el momento. Gritó mientras apartaba la comida de la manta y se estiró sobre ella con la cabeza apoyada en el tronco de la encina y las piernas abiertas. Gemía. El marido y los hijos mayores corrieron a su lado, les mandó que avisaran a Felisa, una vecina que también segaba al otro lado del río. Ella se encargó del parto. Fue rápido, una manzana cayendo del árbol, Nicomedes apenas pesaba kilo y medio. Su padre pensó que no duraría más de uno o dos días. Felisa le lavó con agua del río, le ató el ombligo y le envolvió en una blusa áspera de tela negra. Con las venas expuestas bajo la piel inmadura se parecía más a un conejo desollado que a un recién nacido. El padre fue al pueblo a buscar el carro y la yunta de mulas, por el camino solo era capaz de pensar en avisar al cura para bautizar al crío lo antes posible. Sus hermanos enterraron la placenta junto a unas zarzas, un hurón la encontró y la devoró aquella misma noche.

El pronóstico de su padre no se cumplió y Nicomedes, gracias a su madre, a la leche de una cabra que un familiar les prestó y a los brebajes de la curandera del pueblo, vivió. Lo prematuro de su nacimiento condicionó su desarrollo físico posterior y nunca alcanzó la altura ni la corpulencia de los otros niños de su edad. Tardó en andar, los dientes no le salieron hasta los tres años y cuando lo hicieron adoptaron una disposición caótica. Su cuerpo tenía el aspecto de haber sido construido con fragmentos de otros cuerpos, carecía de simetría. La escasez de pelo, que a veces la gente confundía con tiña, dejaba casi al descubierto un cráneo de occipital plano. Contradiciendo a la construcción anárquica de su físico, su organismo era fuerte, necesitaba poca comida para subsistir, apenas sentía la crudeza del invierno ni las temperaturas extremas del verano y su sistema inmune le permitía superar infecciones sin apenas síntomas. A los diez años había comprendido que su vida consistía en sobrevivir como lo hacían unas pocas espigas a las heladas de primavera o alguna trucha en las balsas sucias del río los agostos de sequía, en ello concentró sus energías. Esa resignación y ese empeño se le hicieron visible en la mirada y sus actos se impregnaron de una madurez precoz. Su padre, al que tener cerca a Nicomedes incomodaba sin que supiese porqué, decidió, en contra de la voluntad de su madre, que el crío estaba preparado para hacer de pastor y le sacó de la escuela para emplearle con un ganadero de otra aldea de la comarca.

Nicomedes vivía en el monte, con el rebaño. Libraba un domingo al mes y el día de la fiesta patronal. Esos días iba a la iglesia, se pasaba la misa explicando en silencio a la patrona las necesidades de sus ovejas y le pedía que las protegiese de las enfermedades y las tormentas. A la hora del vermú bajaba al bar con sus hermanos mayores, se recostaba en la pared con un vaso de vino en la mano, callaba ajeno a las conversaciones y clavaba la vista en el suelo de tarima de pino. Comía en casa de sus padres, a la hora de irse su madre le daba una talega con ropa limpia, le abrazaba, hijo mío, hijo mío —decía―, y le besaba mientras su padre le ordenaba que se apresurase. Su relación con personas se limitaba a la que tenía con el propietario de los animales que cuidaba y a su familia los domingos y los días de fiesta.

Creció durmiendo al raso, en cuevas o en corrales. Soportó la dureza de las heladas y la nieve en invierno y el sol abrasando los pastos en verano. Lloró por primera vez como adulto la noche en que tuvo que sacrificar una oveja, a la que se le atravesó el cordero durante el parto, para que no reventara. Quería a las ovejas y sobretodo amaba a su madre. A los veinte años dos guardia civiles fueron a buscarle para que cumpliese el servicio militar. El tiempo no había mejorado su aspecto, al contrario, el crecimiento había acentuado sus peculiaridades físicas y en la misma medida incrementado su resistencia física, que llegó a ser célebre en su unidad. Eso y su parquedad en palabras le permitió integrarse sin complicaciones en una de las cuadrillas de soldados. Aprendió lo que era una hembra humana y se acostumbró a beber sin emborracharse. Asistía a misa siempre que podía y rezaba por el rebaño y por su madre. Al año y medio de estar en el ejército murió su padre, un mes después su madre. Aquel día hizo las guardias de todos sus compañeros. Inmóvil, con el fusil al hombro durante veinte horas y en la cabeza la imagen de su madre, pequeña, encorvada y vestida de negro, tal como la recordaba del último día que comió en casa, lloró por segunda vez.

Al licenciarse volvió al pueblo. Su patrón, muy enfermo, sentía la muerte cerca y temía la falta de un hombre que se ocupase del ganado. Acordó con los hermanos de Nicomedes el matrimonio de éste con su única hija, diez años mayor, alta, seca, malcarada y fría como el agua de la fuente en invierno. Nicomedes, como en todos los acontecimientos importantes de su vida no tuvo opción de opinar, no se la dieron, pero a él tampoco se le pasó por la cabeza que hubiese nada que decidir. Tuvieron tres hijos, dos niñas y un varón al que un mulo coceó y mató antes de cumplir los cinco años. Lo asumió como  un accidente  de la misma magnitud que la pérdida de algunas cabezas de ganado. Era febrero y le costó horas cavar la fosa en la tierra helada del cementerio.

Durante cuarenta años se dedicó a sobrevivir y a cuidar ovejas. Libró los domingos, el día de la patrona, en los entierros de su hijo y su mujer y el día de las bodas de sus hijas.

Tampoco trabajó el día en que nació su nieta. Su hija mayor le vino a buscar para que la conociese. Fue la última vez que lloró. No supo el motivo, pero el bebé le conmovió. Aquel día se le borró de la mirada el empeño que le había acompañado desde los diez años y decidió dejar de sobrevivir. Regresó al pueblo, vendió su rebaño y se dedicó a pasear y a esperar que llegase el verano para ver a su nieta.

A los pocos meses, una tarde, el paseo le llevó hasta la encina donde su madre le había parido. La tierra ahora era de regadío, ya nadie segaba, el camino que llevaba al pueblo era una carretera y las torres eléctricas ensuciaban el paisaje pero el río bajaba caudaloso y el aire olía a tomillo.

Entonces Dios, por casualidad, desde su trono, volvió la vista hacia la encina, observó a Nicomedes, decidió que había transcurrido un segundo de eternidad desde su nacimiento y que su tiempo se había agotado.

Nicomedes Jugo sintió el pinchazo en la cabeza de forma simultánea al estallido de la arteria cerebral media. Supo lo que le ocurría y se apoyó en el árbol. En un instante le pasó por la cabeza su nieta, las ovejas, su madre y la patrona del pueblo, después la secuencia de imágenes se detuvo y la reemplazó la foto de un hombre en una playa lejana frente a una ola gigante. En el bar, el día que la vio en el periódico le pareció que aquel hombre con los brazos en jarra sabiendo lo que le esperaba desafiaba al mar: te espero cabrón, y se sintió como él. Consciente de que no serviría para nada gritó desafiando: aquí me tienes pero ¡me cago en ti dios¡ ¿por qué lo haces? ¿por qué no me dejas volver a ver a mi nieta? ¿por qué no me dejas vivir?. Era el día de San José de 2012.

Encontraron su cuerpo pequeño y contrahecho por la tarde. Sus hijas lo incineraron y esparcieron las cenizas en el monte. El hubiese  preferido descansar junto a su madre.

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