Benito Palote

Benito Palote abandonó mi rincón de recuerdos olvidados el día que volví a ver su rostro de niño perfecto  en el periódico. Habían transcurrido treinta años desde la tarde que lo conocí y no había crecido. Hasta ese día Benito Palote era para mí menos que un recuerdo. Diría que era  una sombra. La sombra grisácea de  alguien que pasó por mi vida y que el tiempo había situado en esa sección de la memoria en el que algunos pedazos de realidad  se desvanecen y no son reemplazados. Una  sombra que perduraba en algún rincón de mi cerebro junto a otros recuerdos olvidados, amontonada con más sombras de personas, experiencias, sensaciones, todas difuminadas, incompletas, como desguazadas, inservibles para la evocación. A veces, sin motivo, alguna de las cosas que habíamos hecho juntos, o una de sus explicaciones me cruzaba la cabeza a toda velocidad y se clavaba  como una cuña,  abriendo hueco en mi, creando una grieta por la que se colaba su recuerdo como si se resistiese a desaparecer. Entonces volvía a tener conciencia de su huella  y de lo que de una forma u otra  había supuesto en mi vida. Mientras miraba la foto que ocupaba una columna en la página de sucesos recordé.

En 1980 julio avanzaba pegajoso. Hacía casi un mes que había terminado el colegio y yo tenía olvidada casi por completo la rigidez del horario escolar. En vacaciones perdía el sentido del tiempo y solo sabía en que día vivía los domingos. Era el día que mi padre no trabajaba y bajaba a comprar churros y el olor a aceite con azúcar y  a café con leche llenaba los cincuenta metros de nuestro piso, la vecina de abajo ponía  la misma cinta de sevillanas y  mi padre, jugándose la bronca de mi madre,  me dejaba tomar un poco de café, todo un logro para un crío de once años. Mi hermana pequeña me miraba a veces con envidia,  protestaba y mi padre la sentaba en sus rodillas y la hacía subir y bajar con sus manazas de obrero hasta hacerla reír.
Aquel domingo hacía tres días que el Garraf se consumía en un incendio forestal sin controlar y el humo ocultaba  el sol acentuando la sensación de bochorno. El viento transportaba hasta Cornellà nubes de cenizas negras que caían sobre  los árboles y los coches,  y   que ensuciaban el mantel de papel blanco de las mesas que, mi madre, había dispuesto en el patio comunitario para celebrar el cumpleaños de mi hermana. Por la tarde ayudé a mis padres a bajar los bocadillos, las bolsas de patatas y las bebidas en cubos con  hielo para la fiesta. A las siete empezaron a llegar los amigos de mi hermana con sus padres. Al poco rato éramos 30 o 40 personas entre niños y adultos. Los hombres bebían quintos y hablaban de política y de fútbol y las mujeres vigilaban a los más pequeños que jugaban y gritaban. Mi madre me había dejado invitar a mi mejor  amigo y allí estábamos los dos discutiendo si el 124 de mi padre corría más que el r12 del suyo, comiendo pan bimbo con mortadela a dos carrillos y bebiendo fanta de naranja.
Fue Juan quien reparó en él. No lo habíamos visto nunca. No comía ni bebía, estaba en un rincón del patio, inmóvil, con su cara de niño rubio de anuncio, observando detenidamente el grupo de mujeres con aquella mirada que no he logrado comprender hasta ahora y  una maletita de cartón en los pies.
—¿Quién eres?—Juan siempre se me adelantaba
—Me llamo Benito Palote
A Juan le dio la risa, también me hizo gracia el nombre pero aquellos ojos de hielo azul no invitaban a la alegría, así que permanecí en silencio y dejé que Juan continuara el interrogatorio.
—¿Y por qué estás aquí? ¿Quién te ha invitado? Es la fiesta de la hermana de mi amigo ¿qué hay en la maleta? — le acribillaba
—Me gustan las fiestas. Dejadme en paz
Su voz sonó seca y dura, con la autoridad de un maestro o de un padre. No supimos que decir y volvimos a los bocadillos y a nuestras discusiones automovilísticas. Ya no fui capaz de aislarme de su presencia y le vigilé  el resto de la tarde: no abandonó el rincón, no probó bocado y no dejó de observar.
El incendio remitía, el viento cambió de dirección y dejó de traer cenizas negras y aunque el sol inicio la puesta el bochorno persistía. Los niños invitados a la fiesta y sus padres se marchaban y el patio empezó a vaciarse. Entonces alguien se fijó en Benito.
—¿Dónde están tus padres guapo? ¿Cómo te llamas? ¿Con quién has venido?
Él no contestaba. En el rincón, encogido, con la maletita de cartón en los pies, el pelo rubio y su rostro de muñeco parecía un juguete olvidado. De sus ojos había desaparecido el hielo y ahora eran líquidos, desamparados. Más preguntas, se amontonaban.
—¿Dónde vives? ¿Te has perdido? ¿Cuántos años tienes?
—No sé. Estoy solo. Ocho —balbuceaba sin rastro de dureza en su voz
Los mayores se organizaron, algunos salieron a la calle a preguntar por el barrio si alguien echaba de menos un crío. Otros intentaron sin éxito obtener alguna información útil de Benito.
Mi madre me hizo subir a casa con mi hermana. Al acostarme pude oír las voces de algunos vecinos discutiendo en el patio que hacer con aquel niño. Me costó dormir y soñé toda la noche con mi colección de indios y vaqueros de plástico desfilando en círculo una y otra vez. Todos tenían los ojos de hielo azul de Benito Palote alojados en las cuencas vacías de sus calaveras. Deseé que llegara la mañana.
Al día siguiente el Garraf  no ardía y él  seguía allí. Todavía no me explico como, pero Benito evitó que avisaran a la policía. También consiguió que Paquita, una mujer sin hijos, viuda  de un paleta muerto  pocos meses antes en un accidente de trabajo se ofreciera para alojarlo. Quizás por lo reciente de su pérdida o por ser la primera vez que experimentaba algo parecido a la maternidad, se apropió del niño. Supe que durante dos o tres días mi madre y otras vecinas insistieron para que lo entregara a las autoridades, pero intuyo que la pena o  la solidaridad, hicieron que entre las vecinas del edificio y Paquita se instaurase el silencio e hicieron pasar a Benito por  un hijo de una hermana del pueblo. Se quedó a vivir en el piso de arriba.
Cada día, obedeciendo a mi madre, le avisaba cuando salía con mis amigos, pero él no sabía jugar, no se emocionaba si la peonza rodaba más de un minuto, no se peleaba,  tampoco hacia trampas ni se enfadaba cuando perdía al fútbol. Nadie quería estar en su equipo. Nos hablaba  como si fuese mayor y  su tono autoritario, que dejaba de utilizar en presencia de adultos, nos cohibía. Los otros niños, incluso Juan, mi mejor amigo, desertaron de la pandilla y  yo en lugar de jugar pasaba las horas sentado en los bancos de madera del parque, deseando estar en otro sitio, oyéndole contar historias sobre cosas que desconocía y que no aprendí hasta años más tarde e intentando esquivar sus mirada. Ahora sé que le tenía miedo y eso debía darme un aire sombrío que mi madre advirtió.  Yo no era capaz de explicarle lo que me ocurría y opté por disimular delante de ella para no preocuparla. Cada mañana  llamaba a su puerta anhelando que estuviese enfermo o que Paquita no le dejase salir,  pero Paquita se apresuraba a abrir. Su expresión  era de alivio al verme allí con la cabeza gacha, mirando al suelo, siguiendo las líneas rojas y verdes de las cenefas de la alfombrilla de  la entrada para no encontrarme con los ojos de Benito. Él sonreía como si adivinase lo que pasaba por mi cabeza y  preguntaba: ¿que haremos hoy amigo?
Cada vez me costaba más conciliar el sueño. Una noche mi madre hablaba en la cocina con Paquita. Salí al pasillo. Le contaba cosas de él. Mi hermana dormía, mi padre no estaba, tenía turno de tarde en la fábrica. Oí a Paquita llorar, y entre sollozos explicar que aquel niño no parecía un niño, que la aterrorizaba,  que al principio le infundía ternura pero que ya no, que cuando le abrazaba  la sensación que tenía era la misma que cuando abrazaba a su marido muerto,  que su cuerpo era duro, como el de un hombre y que en la maleta llevaba… El timbre de la puerta sonó y yo corrí a mi habitación.
Aquel domingo llovía, lo hacía con tanta intensidad que mi padre prefirió no salir a por churros. Durante toda la mañana sonaron las sirenas de los coches de bomberos y desde la ventana del comedor de nuestra casa vi las alcantarillas desbordadas y  alguna rata nadar contracorriente del río en que se había convertido la calle. También vi a Benito Palote con su maleta de cartón alejarse empapado en dirección al parque. Le vi girarse y agitar la mano despidiéndose antes de desaparecer bajo el aguacero. Al mediodía se oyeron gritos. Paquita se había colgado con una cuerda de tender la ropa.  Su cuerpo se balanceaba en el patio de luces, los que la vieron dijeron que no olvidarían nunca el horror en su cara. Habían transcurrido tres semanas desde el cumpleaños de mi hermana.
 
Quería verlo. En la noticia del periódico publicaban donde estaba recluido. Allí me explicaron que  lo habían encontrado en la fiesta de fin de curso de un colegio. Alguien avisó a la policía. Averiguaron que Benito Palote no era su auténtico nombre, pertenecía al protagonista de un  extraño cuento, escrito en los años veinte, sobre un niño atrapado para siempre en su habitación. Sin datos para identificarlo habían recurrido a la ciencia. Le habían sometido  a una batería de pruebas médicas que  acabaron por determinar que Benito tenía entre sesenta y setenta años. El diagnóstico fue una cronopatía del crecimiento que le hacia aparentar ocho años y  que le provocaba un grave desequilibrio psíquico.  A través del pequeño cristal de la puerta de su habitación pude verle, hecho un ovillo sobre la cama,  el pelo rubio, el rostro perfecto de niño y la mirada de hielo azul fija en algún punto de la pared. Sentí un escalofrío.
Poco tiempo después volví a visitarlo, quería hablar con él.  Aunque no sirviese de nada necesitaba decirle que le había temido treinta años atrás y que, tras su marcha, tuve pesadillas durante meses.  Pero Benito o como se llamara aquel hombre había muerto esa misma semana. El enfermero que me recibió me preguntó si éramos familia. A pesar de explicarle que no existía ningún parentesco entre nosotros insistió en que me hiciese cargo de sus objetos personales y me entregó una bolsa con ropa de niño y una maleta, la  misma maleta de cartón, ya desgastada, parcheada y en algunos puntos reconstruida con cinta aislante y trozos de plástico que traía el día de la fiesta de cumpleaños de mi hermana.
Busqué un parque. Me senté en un banco. La maleta estaba llena de fotos, decenas. Conseguí ordenarlas  siguiendo una pauta cronológica basada en el tipo de papel y en el tono. En todas aparecía él. Indemne al paso del tiempo. En algunas acurrucado en el regazo de mujeres distintas, en otras con niños, en un tiovivo, en el zoo… Encontré la que alguien le hizo con  Paquita cogiéndole de la mano en el patio comunitario. Y lloré, no sé si por ella o por lo lejos que me quedaba la niñez, el olor a churros los domingos, Juan y los otros amigos del barrio.
Y mirando aquellas fotos, viéndole como un apéndice de aquellas vidas que no eran la suya, supe que lo que mi mente infantil no comprendía  de su mirada era la contradicción de  sus ojos de niño sosteniendo una mirada de hombre. Y entendí también su condena. La de un adulto obligado a no crecer, confinado en una infancia perpetua, una infancia que se obstinaba en repetir como una especie de Peterpan perverso empeñado en ocupar el lugar que no le correspondía, e intuí que  Paquita  descubrió su faceta de hombre  y no pudo asumirlo y que por eso decidió acabar colgada de una cuerda de tender la ropa, balanceándose en el patio de luces de nuestro edificio y el rostro desfigurado por el horror.

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