La princesa y la moneda

Sin darse cuenta ha llegado a una fuente. Se para frente a ella, observa a la gente, la mayoría son turistas que hacen fotos y lanzan monedas al agua. Se le ocurre que la probabilidad de que se cumpla lo que deseas cuando tiras una moneda disminuye conforme aumenta lo insólito del deseo y que, al fin y al cabo es como jugar a la lotería, muchos apuestan pero muy pocos ganan.
Se pregunta si carece de algo. Le viene a la cabeza una lista de cosas que le gustaría tener y lugares a los que querría ir, pero son solo eso: cosas, lugares, objetivos alcanzables en la medida en que tenga la voluntad de conseguirlos. El no necesita nada ni a nadie, aún menos la ayuda de una moneda.
Lía un cigarro, se lo lleva a los labios, busca el mechero en los bolsillos. Sus dedos topan con una pieza de 50 céntimos, juega con ella haciéndola resbalar por la mano, se la acomoda entre el índice y el pulgar, como las canicas cuando era crío, piensa ¡que narices!, y sin desear nada la impulsa en dirección a la fuente. La moneda asciende en parábola girando sobre si misma, el sol de agosto la hace centellear y él se divierte especulando con lo que podrá atribuir a este acto en el futuro.
Entonces en el punto más alto de su trayectoria, la moneda choca con otra y caen las dos a plomo, rebotan en los adoquines, su tintineo lo ahogan las voces de la gente y el fluir del agua.
Se agacha para recogerlas y al levantar la vista tropieza con la sonrisa de una chica.
—Lo siento, ahora no se cumplirá tu deseo.
No sabe si le ha entendido, le parece japonesa. Le entrega la moneda.
—Bueno, adiós.
Camina unos metros y se gira. La chica no se ha movido, sigue al lado de la fuente, sonriendo. Da la última calada al cigarro, pisa la colilla hasta reducirla a casi nada y sigue con la vista como la brisa arrastra los restos. Sin saber muy bien por qué vuelve sobre sus pasos:
—Me llamo Marc, soy de aquí. No sé si hablas mi idioma.
Ella le explica que le entiende bastante bien, que es de Tokio, que ha terminado arquitectura y está de vacaciones. Le dice que ha venido sola y que se llama Arai.
Él también acaba de licenciarse en arquitectura y hoy no tiene nada que hacer. Se da cuenta que todavía tiene la moneda en la mano, la mira, ¡joder con la moneda! mira a Arai y piensa que será interesante ver lo que pasa:
—¿Quieres que te enseñe la ciudad?
Ella acepta. Pasan el día en el puerto, visitan museos. Beben en los bares, hablan de música, de sus expectativas profesionales, de arte. En el metro él la coge la mano, ¿cual era tú deseo?, y ella se agarra a su cintura, le contesta que quiere que vayan al hotel.
En la habitación se desnudan, él la abraza, se siente como un oso con ella entre los brazos.
—Mi pequeña princesa amarilla —susurra.
Y ella mira hacia arriba y se aprieta contra él.
Salen a cenar. Pasean de la mano. Arai habla, habla y sonríe. Marc piensa que no ha dejado de sonreír desde que la conoce.
El semáforo de peatones está verde, pero una moto no lo respeta. Marc se da cuenta, para en seco y tira de Arai hacia atrás con toda la fuerza de la que es capaz. No es suficiente. La moto se la arrebata de las manos. La chica vuela unos metros y cae en el asfalto.
—Arai, Arai —grita
Tendida en el suelo, su princesa es ahora un pájaro con las alas rotas. Intenta recomponerle los huesos de las piernas.
—Va levanta, que no encontraremos mesa.
Ella tiene los ojos cerrados.
—Despierta —le pide llorando.
La gente le aparta. Le sientan en el bordillo, la cabeza entre las rodillas y el bolso de Arai en los pies. Después, horas de espera en aquella sala, los ojos sin lágrimas. El médico le explica que tiene varias fracturas, pero que lo peor son los daños cerebrales, que está en coma y que no sabe si despertará.
Como cada día, durante tres meses, Marc entra en la habitación, se acerca a Arai y le susurra al oído:
—Te amo, mi pequeña princesa amarilla.
Entonces retira la máscara que la ayuda a respirar y besa sus labios secos anhelando que, como en el cuento, el beso la libere de la prisión en la que vive atrapada y regrese junto a él. Nada sucede.
Se sienta, el móvil vibra y al cogerlo del bolsillo se da cuenta de que lleva los pantalones del día en que se conocieron y de que allí está la moneda.
Marc tarda poco en llegar a la fuente. Desea que Arai despierte y lanza la moneda. No hay sol que la haga centellear, nada interrumpe su trayectoria y alcanza el agua para hundirse junto a otras monedas y otros deseos.
Aquella tarde Arai despertó. Despertó y empezó a sonreír como si no hubiese pasado nada, pero a partir de aquel día la vida de Marc fue un infierno. Incapaz de satisfacerla en lo más nimio, nunca la entendía, nada era suficiente, todo eran reproches. Según su familia, Arai siempre había sido egoísta, la vida a su lado era difícil. Él la amó hasta el agotamiento y una vez vacío fue incapaz de
abandonarla, pero deseó con todas sus fuerzas no haber lanzado la moneda o por lo menos que aquella pequeña zorra japonesa no hubiese despertado jamás.

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One Response to La princesa y la moneda

  1. Lluís says:

    Dura, esperaba un final más acorde con un libro de principes y princesas,y confieso que me ha sorprendido ligeramente. Imagino una continuación y/o variación en éste relato: Si la moneda lanzada a la fuente la segunda vez, és la que el tiró al principio, o al caer juntas se intercanviaron ambas? De manera que él tira a la fuente la moneda de ella….

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