Misu

 Tras quince años he vuelto al Tajo del Ciego. Misu insistía hace días para que le llevase. No he sabido negarme. Ningún argumento de los que he utilizado me han servido para hacerlo desistir. Lo cierto es que tampoco lo esperaba. Hemos dejado el coche junto a la ermita para subir por el sendero que lleva al acantilado, Misu riendo y tirando de mí y yo intentando evitar que los dos rodásemos ladera abajo. Arriba la vegetación no es como la recordaba, han desaparecido aquellos arbustos de flores amarillas que servían de ofrenda el día de la Virgen. El mar es el mismo, aunque ahora navegan más barcos y no es del azul intenso que tengo grabado en la memoria. Los pueblos que parecían, desde aquí, desperdigados por la orilla del golfo, se han convertido en uno, salvo en los puntos en los que lo accidentado del relieve ha hecho imposible construir. Sigue en pie la pequeña cruz de hierro oxidado, cubierta de excrementos de gaviota y a la que alguien ató en la base, hace días, un ramo de flores. Tampoco ha cambiado el sonido de las olas al chocar contra las rocas treinta metros más abajo. Asciende por la hendidura, que es un hachazo de un metro en el muro de piedra negra, se amplifica rebotando en las paredes lisas y húmedas y llega aquí arriba como un aullido, acompañado de partículas de agua y de un chorro de aire capaz de desestabilizar el vuelo de algunos pájaros pequeños. El borde está limpio de matorrales y me asomo manteniendo con dificultad a Misu detrás de mí. Siento vértigo y con esta alteración de la percepción llegan escenas de acciones que creía olvidadas, o por lo menos confinadas, contenidas en algún dique mental que de repente revienta y no puede sostenerlas. Mi voluntad decide por su cuenta, arrastra mis pensamientos hacia un lugar donde no quiero que lleguen y me acaban atrapando en el lodo de lo que pasó. El aire que sale del tajo transporta agua y olores que ya respiré. Aspiro con fuerza tratando de recuperar el equilibrio. El agua salada recorriendo mi nariz me produce un leve dolor y me da un instante de lucidez: comprendo que no se puede esconder lo que no se puede olvidar. No se puede esconder lo que no se puede olvidar. Yo no sé olvidar. Siento vértigo, creo que me voy a caer. Entonces Misu tira de mí y se suelta y corre alrededor del pozo gritando: “Aquí se mató mi padre, aquí se mató mi padre”. Sus gritos se confunden con el chillido horrible de las gaviotas.

Lo conocí el verano que regresé al pueblo. En realidad se llamaba Michel, pero no sabía pronunciar su nombre y si alguien se lo preguntaba, contestaba con su voz ronca algo así como Mischu que la gente del pueblo transformaba en Misu, alargando y dando a la ese una sonoridad que no he escuchado en ningún otro sitio. Misu había nacido en Baden Baden. Su madre emigró como muchos otros del pueblo. Allí se casó con un soldado francés, recién llegado de Argelia, que conoció en la fábrica donde trabajaba. Se llamaba Elsa, el francés también tenía nombre, pero nunca nadie lo mencionó. Dice la gente que, cuando nació Misu, los médicos les explicaron que la probabilidad de tener otro hijo igual era prácticamente nula. A pesar de ello el padre de Misu no quiso tener más  y se desentendió de él como si no fuese sangre suya o como si se avergonzase, no del niño, sino de él mismo. También se alejó de su esposa y cuentan que le dio tan mala vida, que la enfermedad que se la llevó, no hubiese acabado con ella sin su colaboración. Tras la muerte de Elsa el francés se presentó con el crío en el pueblo. Los acogió el hermano de Elsa, un hombre soltero, dedicado al  negocio de venta de marisco, que hizo lo que pudo por Misu y que no quiso saber nada de lo que contaba la gente sobre en qué ocupaba el tiempo su cuñado: el contrabando.

Trabajaba con su tío. Cada mañana venían a desayunar al bar de mis padres, en el puerto. Misu gritaba buenos días y cerraba de un portazo haciendo temblar los cristales en su chasis de madera medio podrida por el salitre. Los habituales, pescadores, camioneros y operarios del puerto dejaban de hablar o beber, le devolvían el saludo y seguían con la vista su caminar inseguro y precipitado hasta la barra, temiendo que tropezase, la cabeza por delante del cuerpo en asincronía con su tren inferior. Misu se subía al reposapiés y se apoyaba en el mostrador hasta que le colgaban las piernas, entonces me miraba con sus ojos rasgados empequeñecidos tras los cristales de miope y señalaba riendo lo que quería comer con el vaso de leche. Yo caminaba hasta la cafetera para calentar la leche y aunque no le veía, sé que me observaba avanzar hasta la máquina, desconcertado por la oscilación que daban a mi cuerpo los estragos de la polio en la masa muscular de mi pierna derecha.

A pesar de que las tareas que le asignaba su tío eran sencillas, Misu era incapaz de llevarlas a cabo durante mucho rato y enseguida le veía deambular por el puerto. Algunos días regresaba al bar. Hola, gritaba. Entraba dando un portazo y corría, manteniendo de forma milagrosa el equilibrio, hacia el lavabo. He hecho pis, decía y me pedía un trozo de pan. Misu se sentaba en una de las mesas de mármol. Tarareaba desafinando tres o cuatro notas de una canción que podía ser cualquier otra, deshacía el pan entre sus dedos blancos de uñas mínimas y agrupaba las migas en dos montones idénticos, que guardaba en bolsas de plástico transparente. Pasaba casi una hora concentrado en aquella actividad y a mi me sorprendía que no fuese capaz de emplear la misma dedicación en el almacén de su tío. Misu se guardaba las bolsitas en los bolsillos del pantalón gris que solía vestir, salía y se sentaba en uno de los bancos de piedra al borde del agua. Mientras preparaba el bar para la comida le vigilaba, sin poder evitar preocuparme por su precario equilibrio y en disposición de correr por si caía al agua, pero Misu no se movía, se limitaba a lanzar migas, las de las primera bolsa con lentitud, a medida que las tiraba gritaba riendo “¡otro¡ ¡otro¡” señalando los peces que se acercaban para engullirlas. La segunda bolsa la vaciaba de golpe sobre el grupo de peces, el remolino que ocasionaba atraía a las gaviotas que se aproximaban chillando. No he logrado acostumbrarme al graznido de las gaviotas, hay en ese grito un rastro de voz humana. Las gaviotas no dejaban de devorar, aquello era un caos de plumas, picos machacando carne, pedazos de pez y espuma. Misu reía y gritaba: “comed gaviotas, comed gaviotas”.

Algunas noches el padre de Misu venía al bar, se sentaba con la espalda en la pared y la silla orientada hacia la puerta y se dejaba invitar. Era un tipo grande, mucho más alto que cualquiera de los hombres del pueblo y de espaldas anchas que sobresalían por los costados del respaldo de la silla en la que se sentaba, como si fuese una de las sillas de la escuela. Tenía los ojos azules y era muy guapo, el hombre más guapo que yo había visto. En el bar la gente le invitaba porque querían oírle explicar cosas de Argelia. El francés era consciente de ello, callaba y consumía rondas a costa de la audiencia, aplazaba el momento de arrancar a hablar. Siempre llegaba un punto en el que su vanidad y el alcohol hacían que su lengua se soltase, se acomodaba en la silla haciéndola crujir a punto de reventarla, carraspeaba o escupía, miraba al techo buscando allí las palabras que iba a decir y por fin, tras unos segundos, su voz se alzaba fuerte sobre todas las voces del bar que se habían ido apagando con el carraspeo. Alternaba anécdotas de soldados con historias de prostitutas y las cosas que había hecho con ellas, cosas que ni siquiera estaban en la imaginación de ninguno de los que le escuchaban. A muchos se les secaba la garganta, como si sus pensamientos se alimentasen de saliva. También explicaba las distintas formas que tienen de morir los hombres, pidiendo clemencia o altivos y orgullosos, disfrutaba recordándolo y se reía a carcajadas. El cura del pueblo, entonces, le rogaba moderación, se quitaba la gorra y se santiguaba, los demás le imitaban. Entre relato y relato pedía más bebida y se dirigía a mí: ¡Vamos engañabaldosas mueve el culo, otra ronda¡. Yo tenía que salir de la barra y arrastrar mi pierna maltrecha por el bar intentando no derramar la bebida mientras soportaba las miradas divertidas de los clientes.

La mañana que Misu cayó al agua no desayunó, tampoco quiso ir con su tío al almacén y se quedó sentado en una de las mesas de la terraza preparando sus bolsitas de migas de pan. Nunca sabré con certeza si Misu cayó al agua o se tiró. Él dice que no sabe. Por como le conozco creo que quiso sentirse pez o quizás miga de pan y por eso se arrojó a las aguas del puerto. Recuerdo que corrí todo lo que pude y conseguí agarrarle cuando su cabeza acababa de hundirse. El se reía como un loco y yo le gritaba para que se estuviese quieto: ¡Misu para¡, pero no dejaba de reír y patalear. Mientras, los peces  mordían mis piernas y las gaviotas me picaban en los brazos y la cabeza confundiéndome con comida. Hasta que nos sacaron. Yo temblaba, sin embargo Misu no parecía en absoluto afectado, aunque creo que entendió que algo grave había ocurrido porque me abrazó y me besó, el primero de los pocos besos que me ha dado. Por la noche el francés vino al bar. No se sentó como hacía siempre, se acercó a la zona de la barra donde estaba yo y en voz muy baja me dijo que lo mejor que podía haber hecho era dejar que se ahogase. Me dio una palmadita en el culo y gritó para que todo el mundo le oyese: Bravo engañabaldosas.

El día de la Virgen, el pueblo va en romería a la ermita que hay al pie del camino que lleva al acantilado del Tajo del Ciego. Después de la misa, los hombres, encabezados por el cura suben allí y depositan a los pies de la cruz las ofrendas que las mujeres han preparado. Siempre hay alguien que se asoma al pozo. El cuerpo se veía desde arriba, estaba ensartado en las rocas, donde rompen las olas, en la base del tajo. Lo reconocieron por su tamaño. No quedaba carne en su cráneo, apenas unos jirones de piel y algo de pelo. Lo que el golpe con las rocas no había destrozado se habían encargado de hacerlo los cangrejos. Creo que los restos que enterraron pesaban la mitad de lo que habían pesado en vida. No era la primera vez que alguien se mataba en el Tajo del Ciego, además todo el mundo estaba al tanto de las actividades del francés y que relaciones tenía, tampoco resultaba simpático ni había quien se sintiese vinculado a él, ni siquiera su cuñado. Así que nadie, menos la Guardia Civil, se empeñó en esclarecer el asunto y la cosa quedó como un desgraciado accidente. En el entierro, Misu me buscó para que me sentase junto a él. Al día siguiente Misu y su tío vinieron a desayunar a la hora en que acostumbraban a hacerlo.

Misu sigue gritando: aquí se mató mi padre, aquí se mató mi padre. Las gaviotas chillan con voces de niños. He conseguido alejar a Misu del borde pero mis recuerdos no me dan tregua, no logro que se alejen de lo que no he sabido olvidar, y resucito aquella tarde,  de hace quince años, la víspera del día de la Virgen: yo recogía ramas del arbusto de flores amarillas para la ofrenda. El francés apareció de pronto, salió de entre unas rocas, grande, guapo. Entonces se lo dije, le dije que le quería, que haría lo que me pidiese, que le haría lo que le había oído explicar en sus historias de prostitutas, que me entregaría a él. Pero se rió de mi, me llamó engañabaldosas y se puso a bailar alrededor del pozo imitando mi cojera, lloraba de risa. Yo le empujé. No quería, pero le empujé con tanta fuerza que casi  caigo con él. Ahora vuelvo a oír con claridad sus carcajadas mientras caía, inconsciente de lo que sucedía, con el primer golpe contra la pared enmudeció, después más golpes. No llego a revivir el chasquido seco del cuerpo al quebrarse en las rocas, Misu no me deja,  me abraza. Su abrazo es un bálsamo, me despega de aquel instante. Empieza a llover, las gaviotas se alejan. El viento aúlla en el Tajo del Ciego. Cojo a Misu de la mano: vamos Misu, vamos Sara, dice. Y bajamos con cuidado, para no caernos, por el camino de la ermita.

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3 Responses to Misu

  1. Sofía says:

    ¡Me ha dejado patidifusa!
    La atmósfera del relato es inquietantemente marina, ya ásperamentente mesetaria.
    ¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡Bueno, bueno, bueno!!!!!!!!!!!!!

  2. Francisco says:

    patidifuso es poco …

  3. Lluis says:

    Caray con la Engañabaldosas!!!!!

    Relato no muy corto, que no se hace nada largo…

    Destacar una frase que me ha parecido remarcable:

    ” No se puede esconder lo que no se puede olvidar”

    Felicidades per el relato.

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