Aurora vuelve a buscarme

Es la hora de comer. Huelo la comida sin sal. Antes me daban de comer, ya no. Me acurruco, siento mi carne como si fuese esponja bajo las sábanas ásperas. Tengo frío, hace días que el sol que entra por la ventana no me calienta.
Me viene a la mente Aurora. ¡Cuánto la amé! Tanto como me dejó. Es extraño, desde que se marchó no había vuelto a pensar en ella, ni en lo que ocurrió, como si ni ella ni aquellos días hubiesen existido jamás, y ahora, no se porque, su recuerdo regresa, difuso, mutilado en parte. Hay pedazos de entonces que no logro reconstruir. Hechos, cosas que vi y que creo que dan sentido a lo que pasó y a lo que fue mi vida después. Temo que es mi cabeza, hace algún tiempo que no es mía, la siento como un parásito. La irriga mi sangre, se nutre de ella, pero tiene una vida independiente. Veda a mi voluntad zonas de mi memoria que se que están ahí, las oculta, como si fuesen muebles cubiertos por sábanas en habitaciones cerradas, me muestra lo que son, intuyo sus formas, pero no las veo.
El verano que conocí a Aurora el hombre viejo que vendía algodón de azúcar y garapiñadas se colgó de la estructura metálica del tiovivo. Se colgó o lo colgaron. Yo lo vi balanceándose, sus arrugas no eran tan hondas, la lengua hinchada le cubría la barbilla como un bistec. En sus manos oscilaban hebras de algodón rosa, como telarañas de azúcar. Sus pies rozaban la crin de plástico de un caballito tuerto. También fue el verano que vi a la niña de rizos negros con su vestido rojo. No he olvidado como se reía.
Aurora llegó una mañana, la vi instalarse en una de las casas vacías del pasaje y ya no pude dejar de pensar en ella. El pasaje era una calle sin salida, con adoquines entre los que crecía el musgo en invierno. Las casas eran bajas, de fachadas agrietadas, en ellas vivían viejos que, cuando salían, caminaban apoyados en bastones buscando la sombra en verano y el sol en invierno. A mediodía   olía a sofrito de cebolla y a pimentón y por la noche se llenaba de toses, respiraciones precarias y ruidos de cisternas vaciándose.
Era julio. Había terminado segundo de medicina y, por casualidad, o por la fe con la que mi madre había encendido velas a la Virgen, había aprobado todo. Pasaba mucho tiempo sentado en el parque leyendo y fumando, entonces ya fumaba mucho. Aquel día los feriantes montaban las atracciones para las fiestas, se les oía jurar y discutir entre ellos. Allí me encontró Aurora después de días intentando coincidir con ella. Creo que me encontró cuando quiso. Se paró delante de mí y sin bajar de su bici me saludó con un acento de vocales imposibles . Yo entonces soñaba con mujeres de pechos masivos. Mujeres sin rostro, despojadas de cualquier rasgo femenino más allá del hecho fisiológico de poseer unas glándulas abrumadoras, y al verla, solo pude mirar sus tetas, aprisionadas en una camiseta blanca bajo el peto de su mono de pintor. Con ellas hubiese sido capaz de alimentar a media humanidad. Aunque no fue solo su tamaño lo que me hizo pensar aquello, sino la impresión de que podrían desbordarse en cualquier momento. Yo quería estar a su lado cuando ocurriese. Aurora bajó de su bicicleta, buscó en los bolsillos, sacó un cigarrillo, me dijo que el tabaco me mataría y me pidió fuego. Yo acerqué el mechero a su cara, ella se retiró el pelo rubio y la llama se apagó, entonces rió y se quitó las gafas de sol. Pude ver sus ojos de cerca por primera vez, eran grandes, de pupilas grises como espejos. Eran ojos de cientos de años. Aurora olía a pintura y madera, a tabaco negro y a algo que no identifiqué y que me hizo pensar en incienso. Quise decirle algo, alargar la conversación, quería que se quedase. Fui incapaz de iniciar una frase, incapaz de que se me ocurriese algo con sentido. Por fin la tenía allí y no sabía que decirle. Recurrí a una canción: Me gusta como hueles, ponte a salvo ̶le dije ̶ Me sentí ridículo. Aurora volvió a reír. Le di fuego convencido de que se reía de mi y que se marcharía, pero se sentó a mi lado. El aire era dulce, como algodón de azúcar. Los feriantes montaban las atracciones y se acordaban de Dios.
Estuve una semana con Aurora en la casa del pasaje. Ella pintaba, no se el que, he olvidado sus pinturas. Viví colgado de sus pechos, de sus glúteos de ciclista y de sus pupilas grises refractarias a la luz. Me acunaba con voz de vocales imposibles. Los días transcurrían pesados, me costaba avanzar en ellos, como si el tiempo hubiese adquirido densidad o la gravedad aumentado de magnitud. El aire se hizo espeso y se me pegó al cuerpo haciendo que sobre mi piel creciesen escamas invisibles, una epidermis nueva. Dormía poco, no quería perderme nada de ella.
Aquella semana salí tres días de la casa del pasaje y los tres vi a la niña del pelo negro. Llevaba un vestido rojo y debía tener ocho o nueve años. Iba de pasajera en una Harley de cromados brillantes. La conducía un tipo enorme vestido de negro. Ella se sentaba con la piernas colgando a un lado sin agarrarse a nada. Sus rizos negros brillaban tanto como los cromados de la moto. Avanzaban despacio, paseando. Chillé cada vez, recriminando al hombre el peligro al que exponía a la criatura. La niña siempre reía segura de no caerse, se divertía.
Un día desperté y Aurora no estaba. Se había ido. Recorrí la casa buscándola. Su olor había desaparecido. No quedaba nada de ella excepto sus cuadros, una pared llena.  Estuve horas inmóvil frente a aquella pared, aturdido. Algo en los cuadros me sobrecogió. Algo que me llega ahora como un rumor terrible y que no consigo recordar.
Esos días murieron tres niños en el barrio. Nunca se supieron las causas. Algo les arrebató la vida, algo los arrasó. Tres niños sanos. No me apené. El mayor tenía cinco años, conocía a su padre. Cuando le dí el pésame lo único que sentí fue una distancia infinita, como si su dolor no fuese conmigo, como si su pérdida no mereciese mi solidaridad, como si la parte de mi que me hacía capaz de sentirme cercano a los otros, de conmoverme, hubiese desaparecido.
Alguien dijo que la causa de la muerte de los niños era el algodón de azúcar que un hombre mayor vendía en la feria. Nadie sabe de donde surgió el rumor, pero corrió por el barrio con la velocidad con la que se extiende una infección por la sangre. La gente lo creyó.
Estuve meses esperando a Aurora, añorando el sabor de sus pechos, su extraño olor y sus ojos de espejo. Pasé horas en el parque esperando que apareciese con su bici y me pidiese fuego. No regresó.
El invierno siguiente murieron todos los viejos del pasaje, antes de Navidad, en diez días, uno detrás de otro, una ola invisible se los llevó. Después, durante años, algunos días el pasaje olía a sofrito y por las noches se podían oír toses, respiraciones y cisternas vaciándose. Era como si siguieran allí, asidos a sus vidas.
Hace días que no me dan de comer, ya no puedo tragar. Mi sustento es lo que me inyectan en la vena. Me ahorro masticar y el sabor horrible de la comida del hospital.
Aurora no volvió. Acabé medicina sin repetir ningún curso, mis notas fueron muy buenas. Intenté después ser un buen médico. Aunque conocía las enfermedades y sus mecanismos fracasé. Nunca llegué a entender a mis enfermos, no comprendía el mal más allá de lo físico, todos los pacientes me abandonaron a pesar de que era capaz de sanarlos. Creo que Aurora me arrancó algo, y que el vacío de lo que se llevó, desfiguró mi alma hasta el punto de que mis semejantes nunca me han reconocido como igual. Creo que me hizo un monstruo. Por eso he vivido solo y acabaré solo.
Una de las desventajas de ser un buen médico es que no te sueles equivocar y por lo tanto el margen para la esperanza desparece. Cuando detecté los primeros síntomas, la práctica totalidad del árbol bronquial estaba invadido. Yo lo sabía y sabía lo que significaba.
El olor a comida persiste. Quizás es la hora de cenar, he perdido la noción del tiempo.
Ahora me falta aire. Ya está, mis pulmones han dejado de ser funcionales. No siento dolor. El olor a comida ha desaparecido. Mi carne deja de ser esponja.
Ahí está Aurora. Por fin vuelve. Pienso algo que decirle, algo que no resulte absurdo, debo retenerla, pero no tengo mechero. Camina hacia mí. Lleva un vestido rojo. Tiene el pelo negro y rizado. Puedo olerla. ¿Y sus pechos?¿qué les ha pasado? Ahora son pechos de niña pequeña. Ya no tiene el culo de ciclista. Sonríe.
-Te dije que el tabaco te mataría. Te avisé.
No se que decir. Tengo miedo. Solo puedo pensar en que tiene pechos de niña.
Sus pinturas, ahora las recuerdo. Todos los cuadros eran el mismo. Una niña vestida de rojo, con el pelo negro rizado, sobre una moto conducida por un hombre enorme de negro. Todos con el mismo título escrito en una tarjeta blanca: “El diablo paseando a la muerte”

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One Response to Aurora vuelve a buscarme

  1. Lluis says:

    Bien!

    Como un buen vino:
    Con cuerpo, estructurado, con el paso del tiempo, mejora…
    Incluso percibo notas asperas….

    Felicidades

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