Cholo y la niña voladora

Por la calle pasean mujeres maduras de pelo mil veces teñido. Llevan faldas hasta las rodillas que dejan a la vista sus tibias arqueadas. Lo hacen del brazo de hombres tan fracasados como ellas; en apariencia, porque lo justo sería considerar que la vida fracasó en ellos y no ellos en la vida. ¿Cómo puede cambiar un río su propio curso? La suerte y la fortuna se reparten en pequeñas o grandes porciones, de forma aleatoria o caprichosa y en la mayoría de ocasiones sin equidad.
Cholo, es uno de esos hombres. Consumió su última pizca de suerte, en un campo de fútbol de tierra, justo antes de que los tacos de su bota derecha se clavasen en el barro y al girar la pierna la rodilla se le rompiese por todos los sitios por los que se puede romper una rodilla. Hasta entonces y durante cinco años había sido el portero del equipo del barrio, y estaba a punto de ser fichado por el club grande de la ciudad. Luego todo lo que tenía se esfumó, la posibilidad de seguir jugando, las novias, la admiración de los críos del barrio y lo que más le dolió: dejaron de mirarle y de invitarle cuando entraba en un bar.
Cholo tiene ahora cuarenta años, ocho dientes, cuatro de los cuales sostienen los ganchos del postizo, un poco de pelo por encima de las orejas y una novia con el pelo teñido que conoció a través del chat nocturno de un canal local de televisión y que está harta de fregar escaleras. También tiene los brazos fuertes de trabajar cavando zanjas.
La semana pasada fue el cumpleaños de Angelita. El asma hizo que le costara apagar las ocho velas. Quizás lo que constriñe sus bronquios tenga el efecto contrario en su cerebro y por eso es capaz de pensar y de imaginar cosas que ninguna otra persona, niño o adulto, puede imaginar. Además tiene la determinación de llevarlas a cabo. Ayer se le ocurrió volar, trazó un plan.
Ahí va Angelita, brazos extendidos, con las mallas de deporte, un peto de cartulina verde unido a su cuerpo con cinta aislante y una capa enorme de papel de seda rojo. Acaba de rebasar el balcón del primer piso. Un viejo la ve pasar, toma el sol sentado en una silla de mimbre —¡Jodida chica , cómo disfruta!— sonríe y recuerda su infancia setenta años atrás en una aldea que ya no existe.
Angelita se acerca al suelo, la acera es para ella un mar de aguas grises, pero lo tiene todo pensado, no piensa ahogarse. Perpendicular a su trayectoria camina Cholo y en el instante que alcanza su vertical Angelita gira en el aire sobre si misma y Cholo en un acto reflejo, quizás por su instinto latente de portero, extiende sus brazos fuertes de cavador de zanjas y Angelita termina sentada en ellos con los brazos en cruz como ha visto hacer a las gimnastas en la tele. El viejo aplaude —jodida chica— grita. Cholo es una estatua de mármol blanco que llora. Angelita ríe.
A Angelita le hacen jurar que no lo hará nunca más o por lo menos que no se tirará desde tan alto, ella ríe y dice que no con la cabeza.
Cholo sonríe cuando entra en el bar acompañado de su novia de pelo teñido y todo el mundo le saluda y quiere invitarle, sonríe tanto que se le ven los ganchos del postizo.

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One Response to Cholo y la niña voladora

  1. Noah says:

    Imaginación y ternura, se unen para que sea un hermoso texto.
    Bien escrito.
    Felicidades

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